El 8 de marzo es un día para celebrar a la mujer y también recordar cómo el patriarcado, la violencia, la trata y la impunidad siguen limitando la igualdad real de las mujeres.
Por Alina Rubi
PORTLAND – El domingo 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer. Las redes se llenan de mensajes motivadores, flores virtuales y frases que hablan de fortaleza y resiliencia. Sin embargo, más allá de los gestos simbólicos, existen realidades que no siempre ocupan el centro de la conversación.
A pesar de los avances legales y sociales, la discriminación hacia las mujeres no es un capítulo cerrado. Se ha transformado, pero sigue presente. El patriarcado no es una palabra antigua. Es un sistema que organiza el poder y la autoridad de forma desigual, favoreciendo históricamente a los hombres.
Se percibe cuando una mujer en una posición de liderazgo es evaluada por su carácter antes que por su competencia. Se nota cuando se espera que sea impecable en todo momento, mientras a un hombre se le permite equivocarse sin que su capacidad sea puesta en duda.
En el ámbito religioso, la exclusión femenina continúa siendo evidente. En el Vaticano no existen mujeres sacerdotes, ni la posibilidad de que una mujer llegue a ocupar el papado. Las decisiones doctrinales más influyentes dentro de la Iglesia Católica siguen reservadas a los hombres. En muchas otras religiones sucede algo similar: la interpretación oficial de los textos sagrados y la autoridad máxima permanecen en manos masculinas.
Los textos religiosos han sido utilizados durante siglos para justificar la subordinación femenina. En la tradición bíblica, la figura de Eva ha sido asociada con la culpa y la tentación. Ciertos pasajes han servido para exigir silencio y obediencia de las mujeres dentro de comunidades religiosas. Aunque hoy existen interpretaciones más igualitarias, el peso cultural de esas lecturas históricas todavía influye en la manera en que muchas sociedades perciben a la mujer, como si su voz necesitara supervisión o corrección constante.
Mientras tanto, millones de mujeres enfrentan violencia en su vida cotidiana. El abuso sexual no es un hecho aislado, ni una exageración mediática. Es una realidad persistente que atraviesa fronteras y clases sociales. Muchas niñas crecen aprendiendo a protegerse antes incluso de comprender el riesgo que las rodea. Se les enseña a vigilar su conducta, su vestimenta y sus horarios, como si la responsabilidad de evitar la agresión recayera principalmente sobre ellas. Cuando una agresión ocurre, la pregunta frecuente no apunta al agresor, sino a las decisiones de la víctima.
La trata de mujeres y niñas con fines de explotación sexual sigue siendo un negocio global que mueve enormes cantidades de dinero. Funciona gracias a redes organizadas, corrupción y complicidad. Las víctimas son despojadas de documentos, trasladadas contra su voluntad y sometidas bajo amenazas. En muchos casos, quienes dirigen estas estructuras cuentan con conexiones políticas o económicas que dificultan que enfrenten consecuencias legales.
La impunidad es una de las formas más devastadoras de violencia. Cuando los culpables son poderosos, la justicia se vuelve frágil, las investigaciones se dilatan, y las pruebas desaparecen. La credibilidad de las víctimas es cuestionada públicamente. Se examina su vida privada, se analizan sus decisiones y se sugiere que tal vez exageran o buscan atención. Este patrón se repite en distintos contextos, desde instituciones religiosas hasta entornos laborales y espacios políticos.
Existe también una discriminación menos visible pero profundamente arraigada: la carga emocional y doméstica que muchas mujeres sostienen sin reconocimiento. Aunque trabajen fuera de casa, siguen siendo responsables principales del cuidado, la organización y la estabilidad familiar. Este trabajo no remunerado sostiene economías enteras, pero rara vez se contabiliza como aporte fundamental. Cuando una mujer decide no asumir ese rol tradicional, suele enfrentar críticas sociales que cuestionan su identidad y su valor.
Hablar de estas realidades no significa negar los avances alcanzados. Significa reconocer que la igualdad no se logra únicamente con leyes o campañas. Requiere revisar estructuras de poder, cuestionar privilegios y admitir que el problema no es individual sino sistémico. No basta con celebrar a mujeres exitosas si no se analizan las barreras que tuvieron que superar y que todavía limitan a millones.
Este domingo se celebra el Día Internacional de la Mujer, pero también es una oportunidad para mirar de frente lo que aún falta. El poder continúa concentrado mayoritariamente en manos masculinas en gobiernos, corporaciones y jerarquías religiosas. La violencia sexual sigue siendo un problema estructural, la trata y la explotación persisten y la impunidad protege a quienes tienen influencia.
No se trata de crear una confrontación entre géneros. Se trata de cuestionar un sistema que normaliza desigualdades y que, en muchos casos, también impone modelos rígidos de dominio y control. Transformar esta realidad exige educación, reformas legales efectivas y una cultura que valore la voz femenina como parte central de la toma de decisiones.
Celebrar sin mirar de frente estas heridas abiertas resulta más sencillo, pero deja la verdad a medias. Reconocerlas exige valentía, sobre todo cuando implican redes de poder donde algunas víctimas siguen esperando respuestas que nunca llegan y donde ciertos nombres influyentes parecen quedar siempre fuera del alcance de la justicia. Solo al admitir que todavía existen estructuras que protegen a los poderosos mientras silencian a las mujeres, podremos aspirar a un futuro en el que esta fecha no sea un recordatorio de deudas pendientes, sino la memoria de una transformación real en las bases mismas del poder.
