La falta de comunicación efectiva, de planeación y de conflictos de interés entre los dueños de clubes han desatado una tormenta de situaciones vergonzosas en México a semanas del Mundial.
CIUDAD DE MÉXICO – Lo que ha ocurrido en los últimos días en el fútbol mexicano no lo podría escribir ni el guionista más audaz de una telenovela latinoamericana o la aplicación más creativa de inteligencia artificial. La realidad del fútbol mexicano superó la ficción, y lo hizo con creces, una vez más.
La falta de comunicación efectiva, de planeación básica, los conflictos de interés entre los dueños de clubes —los mismos que manejan a la selección mexicana— y los comunicados de prensa torpes han desatado una tormenta de situaciones vergonzosas en el seno del equipo coanfitrión a semanas del Mundial.
Un escándalo que, para colmo, era perfectamente evitable.
Este miércoles debían reportarse los 20 jugadores (12 seleccionados y ocho sparrings) que militan en el fútbol doméstico, a pesar de que sus equipos aún disputan la Liguilla. De esos 12, Chivas aporta la columna vertebral con cinco elementos. Los dueños de clubes habían estado de acuerdo en respetar la petición para concentrar a los seleccionados 30 días antes de la Copa del Mundo, tal como ocurrió en procesos anteriores.
Fue la petición de Javier Aguirre, técnico de México, y todos la respaldaron en múltiples juntas de dueños. El pacto también establecía que cualquier equipo con seleccionados solo podría disputar el partido de ida de las semifinales de la Copa de Campeones de la Concacaf, no el de vuelta.
Todo parecía en orden. Hasta que alguien decidió pasarse de listo.
La manzana de la discordia llegó el fin de semana cuando Antonio Mohamed, técnico del Toluca, sugirió con sarcasmo que sus seleccionados Jesús Gallardo y Alexis Vega podrían aparecer —o incluso jugar— en la vuelta de semifinales ante LAFC, partido que Diablos Rojos disputa ese miércoles con desventaja de 2-1.
El martes por la noche, ambos jugadores entrenaron con el equipo. Y cuando Amaury Vergara, dueño de Chivas, se enteró, dio un golpe en la mesa.
Con plena razón.
“Los acuerdos son válidos solamente cuando todas las partes los respetan”, publicó Vergara en redes sociales, instruyendo a su directiva deportiva de Guadalajara a reclamar a sus cinco jugadores para la vuelta ante Tigres, serie en la que están perdiendo 3-1.
La sacudida llegó a una federación que, al parecer, operaba mediante acuerdos entre sus propios miembros. Duilio Davino, director de Selecciones Nacionales de México en la Federación Mexicana de Fútbol, y Mikel Arriola, presidente de la Liga MX, habían alcanzado un acuerdo paralelo con el Toluca sin informarle a Aguirre. Un detalle menor que se convirtió en escándalo mayúsculo.
Al día siguiente, el técnico intentó apagar el fuego, pero terminó echándole gasolina. La selección mexicana, por medio de un comunicado muy apresurado, no dejó lugar a matices: los 12 seleccionados debían presentarse a cenar esa noche a las 8 p.m. en el Centro de Alto Rendimiento o quedarían fuera del Mundial. El comunicado parecía un ultimátum más que una aclaración.
“Es algo en lo que no podemos ser flexibles ni mucho menos”, advirtió Aguirre luego en una conferencia de prensa.
En su mensaje también reconoció a Chivas por ser el más afectado, y al Toluca por el sacrificio que implica competir ante LAFC en un torneo internacional sin dos de sus hombres clave.
El Toluca, por su parte, defendió su postura y aseguró haber actuado conforme a los acuerdos de la Asamblea de Dueños, con autorización explícita de la Liga MX y la FMF para que sus seleccionados disputaran la semifinal de vuelta de la Concacaf.
“O todos coludos o todos rabones”, dice un clásico refrán mexicano que alude a la equidad en la distribución de los intereses entre distintos grupos.
En este caso, los directivos de la selección mexicana no solo ponen en duda su conocimiento futbolístico, sino también su capacidad de comunicación y planeación deportiva básica.
Mientras tanto, el calendario mundialista avanza sin piedad. México disputará amistosos ante Ghana el 22 de mayo en Puebla, Australia el 30 de mayo en el Rose Bowl de Pasadena y Serbia el 4 de junio en Toluca, una semana antes de debutar contra Sudáfrica en la inauguración de la Copa del Mundo el 11 de junio. Le seguirán Corea del Sur el 18 y la República Checa el 24 del mismo mes.
Y como si no fuera suficiente, la semana también estuvo marcada por la polémica arbitral en la serie entre América y Pumas, en la que el equipo de Televisa salió beneficiado por decisiones cuestionables. Otro recordatorio de que el poder en el fútbol mexicano sigue concentrado en manos que defienden intereses particulares, no el bien del deporte.
El problema de fondo no es solo la concentración de un mes, un concepto debatible pero demasiado tarde para sacarlo al aire, sino la pésima planificación. Toluca, Chivas y el resto de los clubes habrían podido utilizar a sus seleccionados el fin de semana pasado sin ningún conflicto, si hubieran organizado el calendario con un mínimo de coherencia.
En una era en la que hay pocos directivos que realmente conozcan el fútbol y a menos de dos meses de un Mundial que se juega en casa, el maquillaje del Tri se está corriendo.
La federación mexicana ha quedado al descubierto, pues con hechos ha demostrado no tener una autoridad real, una buena comunicación interna ni capacidad para anticiparse a lo previsible.
Hace ocho años, en junio de 2018, México supo que sería coanfitrión del Mundial. Con todo el tiempo del mundo para planificar, la selección mexicana no cuenta con jugadores de calidad capaces de hacer soñar a su afición. En la actualidad, tiene una selección con el mismo técnico que hace 16 años y un rumbo que, en el mejor de los casos, repetirá los mismos resultados. En el peor de los casos, volverán a fracasar como hace cuatro años.
El Mundial empieza en semanas, pero el caos, al parecer, ya comenzó en el balompié mexicano.
