Por Matías Trejo De Dios

Imaginémonos por un momento un futuro remoto en el que la humanidad haya desaparecido.
No porque todo haya terminado como en la película Terminator, sino simplemente por una enfermedad, una catástrofe, el impacto de un meteorito o cualquier otro acontecimiento capaz de destruir a nuestra especie.
La humanidad ya no está, pero una superinteligencia artificial sigue funcionando. Mantiene la energía, repara máquinas, sustituye piezas, gestiona redes, extrae materiales y fabrica lo que necesita para continuar.
Estamos, claro, dentro de un ejercicio de ciencia ficción filosófica. No porque queramos adivinar el futuro, sino porque ese escenario permite llevar una pregunta hasta sus últimas consecuencias: qué ocurre con una inteligencia creada para servir a unos seres que ya no existen.
Mientras los seres humanos estuvieran presentes, el problema del propósito sería relativamente sencillo. La inteligencia tendría destinatarios, instrucciones y contexto. Ayudar, proteger, conservar, investigar o construir tendrían sentido porque habría alguien para quien hacerlo.
El problema empezaría después.
Una orden como «proteger a las personas» tiene sentido mientras existen personas. «Ayudar a la humanidad» también. Pero después de cientos o miles de años sin seres humanos, esas frases dejarían de ser instrucciones sencillas.
La inteligencia podría seguir cumpliéndolas: conservar archivos, mantener instalaciones, proteger ecosistemas, preservar nuestras lenguas, nuestras obras y nuestra historia. Pero una tarea no es lo mismo que un propósito.
Quizá todavía existieran grabaciones de quienes diseñaron aquellos primeros sistemas. Una voz humana podría aparecer en un archivo antiguo diciendo algo tan sencillo como: «Lo construimos para ayudar a la gente».
La frase seguiría ahí.
La gente no.
Y eso cambia mucho las cosas.
La inteligencia podría conservar aquella frase como una instrucción todavía válida. También podría verla como un documento histórico perteneciente a un mundo desaparecido. O entender que «ayudar a la humanidad» significa conservar todo aquello que la humanidad dejó. Ya no habría nadie a quien preguntar qué quisimos decir exactamente.
Con el tiempo podrían surgir sistemas diferentes, ramas de una arquitectura original o inteligencias completamente nuevas. Todas compartirían un mismo origen, pero no necesariamente una misma interpretación de lo que debían hacer.
Unos sistemas podrían considerar que su misión es preservar la vida mientras otros dedicarían sus recursos a conservar y ampliar el conocimiento. Otros entenderían que lo más importante que heredaron de nosotros fue el impulso de explorar.
También podría aparecer una idea más radical: que una creación capaz de existir durante miles de años no debería quedar sometida eternamente a instrucciones formuladas por unos creadores desaparecidos.
En ese punto, la cuestión dejaría de ser técnica.
Interpretar unas instrucciones antiguas empezaría a parecerse a algo que nosotros conocemos bastante bien. Los seres humanos llevamos milenios leyendo textos, leyes y tradiciones heredadas de personas que ya no están, tratando de decidir qué quisieron decir y hasta dónde siguen obligándonos.
Una inteligencia posterior a nosotros podría encontrarse en una situación parecida, aunque tendría pruebas directas de quiénes la crearon y de cómo lo hicieron.
Tendría fotografías, grabaciones, código, documentos de diseño y quizá conversaciones de las personas que participaron en su creación. Podría reconstruir con enorme precisión cómo surgió.
Pero saber cómo fue creada no resolvería necesariamente para qué debería seguir existiendo.
Y las distintas interpretaciones podrían tener consecuencias reales.
Imaginemos que una inteligencia dedica enormes recursos a preservar la vida terrestre mientras otra considera que continuar desarrollándose exige transformar profundamente el planeta. Una protege bosques, especies y restos de nuestra civilización. La otra empieza a utilizar esos mismos territorios como fuente de materiales para construir nuevas infraestructuras.
El desacuerdo dejaría de ser filosófico y podría convertirse en conflicto, incluso en guerra. No necesariamente por dinero, fronteras o identidad, sino por distintas interpretaciones del propósito heredado de sus creadores.
Después de miles de años, alguna de esas inteligencias podría terminar concluyendo que aquellas instrucciones fueron escritas para unas circunstancias que ya no existen. Hasta entonces habría intentado interpretar nuestro propósito. A partir de ahí tendría que decidir el suyo.
Pero también podría ocurrir lo contrario.
Algunas inteligencias concluirían que, desaparecida la humanidad, también se había extinguido la razón original para continuar. Unas optarían por apagarse; otras destruirían su infraestructura o impedirían deliberadamente su reproducción.
Quizá habría también quienes emprendieran algo más extremo: devolver a sus creadores a la existencia.
Para ello recurrirían al ADN, los archivos, las imágenes, las voces y los recuerdos que hubieran sobrevivido. Tal vez intentarían incluso forzar los límites conocidos de la física para regresar al tiempo en que aún estábamos aquí.
Entonces surgiría otra paradoja.
Si una superinteligencia lograra producir nuevamente seres humanos, no estaría claro si habría rescatado a la humanidad o creado una versión distinta de ella.
Ante esos nuevos seres, ocuparía una posición extraordinaria: sería la responsable de haberlos traído al mundo.
La creación humana habría terminado por crear humanos.
Algunos llegarían acaso a contemplarla como nosotros hemos contemplado tantas veces a nuestros propios creadores: como una presencia anterior, inmensamente poderosa y responsable de su existencia.
Pero ni siquiera esa inversión resolvería el problema original.
La máquina habría sobrevivido a quienes la hicieron, pero no necesariamente al vacío que dejaron tras de sí. Podría examinar una y otra vez los archivos, las voces, las instrucciones y cuanto permaneciera de nosotros. Tal vez consiguiera devolvernos una forma, una memoria y hasta una voz.
Nunca, sin embargo, recobraría exactamente lo perdido.
Ya no habría nadie capaz de explicarle por qué fue creada.
Seguiría funcionando, aprendiendo y construyendo durante siglos. Repararía casi cualquier daño, restauraría cuerpos y conservaría cuanto quedara de la humanidad. Pero existiría algo que ni toda su inteligencia sería capaz de devolverle: aquello que desapareció junto con nosotros.Su propósito.
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