Los aliados del presidente de Estados Unidos han diseñado una estrategia en plena escalada que pasa por designar al narco como amenaza terrorista y pone en duda la soberanía nacional del vecino
WASHINGTON – A los mandos de la estrategia de presión sobre México diseñada desde Washington se sitúan, del lado de la línea dura, Stephen Miller y Sebastian Gorka. Son dos viejos conocidos del círculo de leales a Donald Trump, aliados ambos durante su primera presidencia a los que el jefe reclutó en cuanto supo que se había asegurado un segundo mandato.
Miller, subjefe de Gabinete y asesor de Seguridad Nacional, es el más conocido de la pareja, por su estilo agresivo y porque entre 2017 y 2021 se erigió en arquitecto de las políticas más xenófobas de Trump.
Gorka solo trabajó siete meses durante aquel primer mandato, tiempo suficiente para abogar por el polémico veto a siete países de mayoría musulmana que definió el estreno de Trump en la Casa Blanca. También, para introducir en el movimiento MAGA (Make America Great Again) una idea ya plenamente situada en el centro de su discurso: la de que el islam es una amenaza existencial para la civilización de Occidente.
De regreso a la primera línea política tras años como comentarista en los medios MAGA, Gorka ocupa el puesto de director sénior de contraterrorismo del Consejo de Seguridad Nacional, al frente del cual ha trabajado en una estrategia de nuevo exitosa: lograr que cale la idea del combate al “narcoterrorismo” como una prioridad en Latinoamérica, así como la consideración de las organizaciones criminales dedicadas al tráfico de drogas como un peligro inminente para la seguridad nacional.
Parte de ese plan ha pasado por la inclusión, alentada personalmente por Gorka, de algunas de esas bandas en la lista de organizaciones terroristas del Departamento de Estado. También ha desembocado en una campaña de operaciones militares extrajudiciales que ya se ha cobrado la vida de más de 200 tripulantes de supuestas narcolanchas en aguas del Caribe y del Pacífico.
Tras la captura el pasado 3 de enero de Nicolás Maduro para ser juzgado en Nueva York por delitos relacionados con el narcotráfico y con la maquinaria de la asfixia a Cuba para forzar un cambio en la isla funcionando a todo rendimiento, México, que siempre estuvo ahí, parece haber ganado protagonismo en las prioridades de la nueva Doctrina Monroe de intervencionismo de la Casa Blanca, con decisiones como la imputación por parte del Departamento de Justicia del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha, y de otros nueve altos funcionarios estatales, por vínculos con una de las facciones del Cartel de Sinaloa.
Ante la escalada de tensión en las relaciones bilaterales, y ante la estrategia de Trump, que no oculta su deseo de un despliegue militar para el que presiona a base de colaborar en materia de combate contra el narco con vecinos como Honduras y Guatemala, la presidenta Claudia Sheinbaum se preguntó el domingo pasado en un acto multitudinario: “¿Es realmente un interés legítimo para luchar contra la delincuencia organizada o acaso pretenden influir en la elección de 2027 en nuestro país?”. Sheinbaum se refería también a las alianzas, cada vez más evidentes, entre el movimiento MAGA y la extrema derecha mexicana.
“Todas las obsesiones de Miller confluyen en México”, dice una fuente de Washington con conocimiento de la relación bilateral sobre una lista de bestias negras y prioridades para el aliado de Trump que incluye la inmigración irregular, el tráfico de drogas y la reafirmación de la identidad nacional estadounidense. “Y para lograr reforzar su línea dura es esencial el éxito del concepto del narcoterrorismo, esa reconceptualización de la así llamada lucha contra las drogas que les permite orientar recursos de inteligencia y militares”, añade esa fuente.
Islamismo en segundo plano
Tras años en los que el terrorismo islamista fue la principal fuente de preocupación para Estados Unidos, que se encamina a la celebración del 25 aniversario del 11-S, el narco quedó situado en primer lugar con la publicación en mayo de la Estrategia de Contraterrorismo de Estados Unidos, que también pone el punto de mira (y equipara al yihadismo y a las mafias de la droga) al supuesto enemigo en casa: esos “grupos políticos seculares violentos cuya ideología es antiamericana, radicalmente pro-transgénero y anarquista”.
Tras la publicación del documento, Gorka, que nació en Londres de padres húngaros y es ciudadano estadounidense desde 2012, dijo a Reuters que la estrategia “prioriza ante todo la neutralización de las amenazas terroristas en el hemisferio [occidental; el continente americano] mediante la inhabilitación de las operaciones de los carteles, hasta lograr que estos grupos sean incapaces de introducir sus drogas, a sus miembros y a las víctimas de trata en Estados Unidos”.
En marzo de este año, Gorka intervino en un acto del Consejo para las Relaciones Exteriores en Washington y ofreció una justificación teórica más sofisticada de la habitual sobre esa presión a México. “Trump cree en el sistema westfaliano de soberanía nacional”, dijo, atribuyendo al presidente una sorprendente sutileza en el análisis político. “Imaginemos que México funcionara como un Estado-nación plenamente westfaliano que ejerciera su soberanía en todos sus departamentos y municipios”, continúo el asesor de la Casa Blanca. “Además, ¿cuál es el otro requisito de un Estado-nación? No solo la soberanía, sino también el monopolio del uso de la fuerza. Si hay carteles circulando en vehículos fuertemente blindados —a menudo mejor armados que algunas unidades de las fuerzas armadas nacionales—, entonces no se posee el monopolio del uso de la fuerza ni se ejerce la soberanía. Por tanto, ya sea a Estados Unidos, a nuestros aliados o a nuestros socios, no nos es posible estar a salvo en el ámbito del contraterrorismo ni protegerse de las amenazas terroristas si no se comprende la importancia de ejercer una soberanía real”.
Más allá de la lucha contra el tráfico de drogas, que acostumbra a obviar que tanta oferta de estupefacientes obedece también a una demanda originada en Estados Unidos, la presión al vecino del Sur es multifrontal. Están también los aranceles, con el tratado de libre comercio en trance de renegociación y el control de la frontera, un tanto que se apuntó Miller desde el principio de la segunda presidencia de Trump, que disfruta presumiendo de que hay “cero cruces” desde que él llegó al poder.
En esa agenda con distinta prioridades en acción al mismo tiempo, “no siempre lo que interesa en uno de esos frentes interesa en el resto”, explica la fuente de Washington. De ahí, también, los mensajes a veces contradictorios que emanan desde el centro de poder de Washington, como el lanzado por el nuevo secretario de Seguridad Nacional, Markwayne Mullin. Ante la Cámara de Representantes, dijo esta semana que había viajado a Ciudad de México para “hablar con Sheinbaum y su gabinete sobre cooperación» y se había quedado “impresionado con que hubieran sido ”muy cooperativos, mucho más cooperativos que la Administración pasada”.
Es la vieja estrategia del palo y la zanahoria, en la que Sheinbaum parece manejarse bien con una Administración en Washington con la que funcionan las concesiones, pero también los límites. Una Administración en la que dos de sus hombres fuertes, Miller y Gorka, pertenecen al grupo de los que administran los palos.
