Brasil y México plantan cara a la hostilidad y las injerencias de Trump y las derechas latinoamericanas

08/16/2026

Los izquierdistas Lula y Sheinbaum exhiben su sintonía y firmeza sin cerrar la puerta al diálogo ni dinamitar los puentes con Washington

CIUDAD DE MÉXICO – Los contactos entre los presidentes Luiz Inácio Lula da Silva, de 80 años, y Claudia Sheinbaum, de 64, son cada vez más frecuentes a medida que Estados Unidos persigue, a pasos agigantados y sin miramientos, implantar su dominio en las Américas. Ambos mandatarios, líderes de los dos gigantes latinoamericanos, los únicos países de peso que la izquierda gobierna en la región, conversaron de nuevo este jueves por videoconferencia. Mientras la mexicana destacaba en un tuit que Brasil y México “siguen construyendo una relación bilateral cada vez más sólida”, el brasileño enfatizaba “la importancia estratégica de la colaboración bilateral”. Las dos mayores economías latinoamericanas estrechan relaciones comerciales y diplomáticas mientras sus líderes endurecen el discurso. Lula y Sheinbaum resisten el embate trumpista y la ola reaccionaria que avanza por el continente.

Lula, los Bolsonaro y Brasil se preparan para unos comicios cruciales en octubre, con elección de presidente, gobernadores y el Congreso. Una votación trascendental también para la internacional derechista que lidera Donald Trump, envalentonada por las siete victorias cosechadas en América Latina desde que el republicano regresó al poder en enero de 2025.

Brasil es caza mayor. El duelo izquierda-derecha/Lula-Flávio Bolsonaro se antoja formidable a tenor de las encuestas. La última, del viernes, da al izquierdista un 43% frente al 40% del ultra. “Para los demócratas en la región, hay mucho en juego”, afirma una fuente diplomática brasileña.

Michael Shifter, expresidente del Diálogo Interamericano y uno de los analistas de política hemisférica más influyentes de Washington, recalca que “no son dos países cualquiera. Representan más de la mitad del PIB y de la población de América Latina. Tienen mayor capacidad de resistir las presiones de Washington”.

El investigador apunta los límites de cada uno: mientras Brasil dispone de mayor margen por su autonomía comercial y sus vínculos con China, la relación de México con su vecino del norte es de constante asimetría y desgaste: “Con Trump, parece que haga lo que haga Sheinbaum para tratar de satisfacerlo nunca es suficiente. Trump siempre pide más”. Sostiene Shifter que “no hay ningún ánimo de buscar una pelea con la Administración de Trump, pero sí hay incentivos para establecer ciertos límites”. Un contencioso, por cierto, que ellos no comenzaron.

Cuando el mundo era previsible, a Lula le gustaba predicar paz y amor como fórmula imbatible para conquistar el progreso. El brasileño busca ahora un cuarto mandato en medio de la abierta injerencia de Washington y rodeado por gobiernos derechistas con los que intenta mantener una relación fluida para preservar el papel central de Brasil en la región, evitar quedar aislado y porque es un firme creyente en el poder del diálogo y la negociación, que están en el ADN de su país. “Nunca fue sectario, tuvo buena relación con Bush hijo, con Uribe, Sarkozy…”, subraya la citada fuente diplomática, que recuerda sus reuniones con los mandatarios de Bolivia, Chile, Ecuador, Panamá, Paraguay…

La sintonía entre octogenarios que Lula y Trump exhibieron es agua pasada. El Gobierno brasileño considera que el magnate ya ha elegido candidato en las elecciones brasileñas: Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente y golpista convicto Jair Bolsonaro, a los que Lula acusa de traicionar a la patria por instigar una serie de ataques de EE UU contra Brasil.

Washington ha echado mano del mismo manual para presionar a Lula y a Sheinbaum: chantaje comercial, trabas con los visados —a la embajadora brasileña, al hijo del expresidente mexicano Andrés Manuel López Obrador y secretario de organización de Morena, a un gobernador— y declarar terroristas a carteles y grupos criminales.

El temor es que esa última medida sea un subterfugio para un eventual ataque militar de EEUU a sus territorios. Stephen Miller, subjefe de gabinete de Trump, llegó a afirmar que los carteles de la droga son “el ISIS y Al Qaeda del Hemisferio Occidental y deben ser tratados con la misma brutalidad y falta de piedad”.

Envuelto en la bandera, Lula se presenta como el gran defensor de la soberanía brasileña ante unos ataques y un panorama que hace no tanto tiempo habrían resultado inverosímiles. “Necesitamos invertir en defensa. Quiero estar preparado para que nadie invada este país y secuestre al presidente, como hicieron”, proclamó en un reciente mitin en referencia a Venezuela. También pretende que Brasil empiece a fabricar drones. “¿Cómo vamos a controlar 16.000 kilómetros de frontera? ¿A pie? Sin drones, no la controlas”.

Con Estados Unidos en plena ofensiva para consolidar su dominio en la región, sea con una cumbre con aliados militares en Panamá y didácticos vídeos sobre la doctrina Donroe, la tutela de Venezuela, castigos arancelarios u operaciones militares conjuntas en territorio de Ecuador o Colombia, el Brasil de Lula descarta el apaciguamiento. Acaba de activar la maquinaria para responder a Washington con aranceles.

Gobernar México en los tiempos del segundo mandato de Trump se ha convertido para la presidenta Sheinbaum en un auténtico ejercicio de malabarismo ante una Casa Blanca dispuesta a dinamitar los puentes del comercio bilateral con la amenaza persistente de aranceles punitivos, mientras desliza la retórica más agresiva en décadas: la posible intervención directa en territorio nacional para combatir a las organizaciones criminales. La ecuación es complicada para un Gobierno obligado a contener el impacto en una economía profundamente acoplada a la de su vecino del norte.

“¡Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos!”. Es la máxima atribuida a Porfirio Díaz que define con crudeza esta histórica y tensa vecindad. La batalla diaria ya no es solo contener las exigencias de un mandatario impredecible, sino demostrar que México puede cooperar en seguridad y comercio en condiciones de reciprocidad, como argumenta el Gobierno mexicano.

Frente al chantaje económico que supone la revisión del marco comercial México-EE UU, Sheinbaum mantiene abiertas las vías de la diplomacia institucional y evita la confrontación visceral que tanto rentabiliza el magnate neoyorquino. Sin embargo, el margen de maniobra se estrecha cuando la retórica de Washington roza la soberanía, que para la presidenta es innegociable. Para México, la retirada discrecional de visados es un instrumento de coerción política, una injerencia ante las elecciones federales de 2027.

México y Brasil reconocen la sintonía actual entre los presidentes Lula y Sheinbaum pero, celosos siempre de la soberanía, miman su autonomía. Los planes para una visita de la presidenta Sheinbaum a Brasil no se han concretado y, visto el calendario, sería solo tras las elecciones.

Para Carolina Moehlecke, de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Fundación Getúlio Vargas, “el desafío es enorme porque Brasil funciona mejor en escenarios estables”. Especialmente grave, el deterioro de las relaciones con Argentina, principal destino de las exportaciones industriales brasileñas, y con Estados Unidos, primer inversor directo. “En un escenario de polarización extrema como el actual, los ataques externos ya no unen a los países, los dividen siguiendo las líneas ideológicas internas”, explicó esta semana en un seminario sobre las elecciones. Y con el problema añadido, dijo, de que “alimenta los incentivos de quien disputa una elección para movilizar ciertos mensajes”. Y eso se convierte en un círculo vicioso.

El izquierdista Lula, al frente de un país de 210 millones de habitantes, la cuarta democracia más poblada del mundo, promete no plegarse ante Washington ni sus aliados: “Haremos una oposición firme a cualquier intento de subordinar a Brasil a intereses extranjeros o a una posición de dependencia geopolítica”, afirma en su programa electoral.

El canciller brasileño, Mauro Vieira, un veterano diplomático, criticaba días atrás en un artículo los intentos de “imponer de nuevo en el mundo una lógica de ley de la selva”. Avisaba también de que “Itamaraty [como es conocida la cancillería] no dejará de reaccionar, siempre con profesionalidad, ante las maniobras de desinformación y la grosería de los aspirantes a depredadores y sus partidarios locales [en referencia a los Bolsonaro]”. La diplomacia brasileña mantiene la cabeza fría y su empeño en reaccionar con proporcionalidad. A los inéditos y groseros insultos del argentino Javier Milei contra Lula, respondió con la retirada del embajador.

El analista Shifter, del Diálogo Interamericano, explica que el complejo escenario actual refleja una transformación estructural más amplia en toda la región. Argumenta que las acciones de la Casa Blanca han alterado drásticamente la relación bilateral con México: “Derechos humanos y democracia han desaparecido de la agenda. Todo el enfoque orientado a fortalecer instituciones y proteger y defender los derechos humanos por lo menos ha perdido mucha importancia”, explica.

Para Shifter, ese repliegue altera el equilibrio regional: “Washington ha dado básicamente una luz verde para cualquier proyecto autoritario que pueda tener un mandatario en América Latina”, advierte. “Hoy la ideología importa menos. Se da una cancha bastante abierta para que regímenes de derecha o de izquierda eliminen contrapesos y debiliten, si no destruyen, el Estado de derecho”, señala.