Trump enciende a sus bases con la idea de que el crimen organizado gobierna el vecino del sur, mientras Sheinbaum se revuelve contra las injerencias de Washington
CIUDAD DE MÉXICO – La Administración del presidente estadounidense Donald Trump y el Partido Republicano se hallan, a menos de 50 días de las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre, en un punto crítico: se juegan el control del Congreso y, con ello, la iniciativa del Ejecutivo para aprobar leyes, presupuestos y nombramientos.
Al otro lado de la frontera Sur, el Gobierno de Claudia Sheinbaum y su partido, Morena, se encuentran en una situación parecida. México ha entrado de lleno en el proceso electoral de medio término. Previsto para junio de 2027, el oficialismo busca también retener su aplastante control en el Congreso, además de la mayoría de los Gobiernos y cámaras estatales, frente a una mermada oposición que lucha por instigar el descontento tras nueve años de la llegada de la izquierda al poder.
Así que ambos Gobiernos, el de México y EE UU, se parecen al menos en eso: les guía un instinto de supervivencia incluso a costa del vecino, si es preciso.
Trump tiene muchos frentes abiertos en plena campaña: de la guerra de Irán al precio de la gasolina o las trifulcas geopolíticas con aliados como Canadá. Pero siempre está listo para echar mano de uno de sus comodines predilectos: lanzar un pulso a México que suele tener mayores consecuencias políticas a al Sur de la frontera que en Washington.
El último lance de Trump a Sheinbaum llegó está semana, con la presentación de un informe al Congreso de Estados Unidos en el que indica que México “debe hacer mucho más para detener el flujo de drogas letales […] y arrestar y enjuiciar a los numerosos funcionarios públicos corruptos que han colaborado con los carteles”. Bajo esa exigencia, subyacía una de las últimas etiquetas que ha hecho fortuna en el repertorio del mundo MAGA: la idea de que la “narcopolítica” gobierna el país vecino.
Sheinbaum reviró de manera contundente que México conoce sus problemas y toma medidas al respecto, por lo que, pidió, ningún país extranjero debe “juzgarlo desde fuera”.
Los reclamos de Trump ante lo que considera una inacción de su vecino del sur vienen de lejos, lo mismo que las amenazas de intervenciones militares directas con el pretexto del combate al “narcoterrorismo”. Sheinbaum y Morena se han afirmado en el discurso de la defensa de la soberanía y la cooperación bilateral en términos de reciprocidad y respeto. La mandataria ha exigido varias veces a Washington actuar contra las redes de traficantes que distribuyen las drogas y lavan dinero en su territorio, y que detenga los ríos de armas que cruzan la frontera ilegalmente y terminan en los arsenales de los narcos.
Estados Unidos a veces suaviza y lanza reconocimientos al trabajo conjunto con México, para después clavar de nuevo alguna nueva exigencia y presionar. Se trata de una estrategia que en Washington lleva un nombre: Stephen Miller. Subjefe de Gabinete y asesor de Seguridad de la Casa Blanca, es uno de los aliados más estrechos del presidente de Estados Unidos, y a él se responsabiliza en los círculos de poder de la capital de propuestas como la que recientemente pedía a México que controle el flujo migratorio hacia la frontera, pese a que sería ilegal hacer algo así.
El asunto de la “narcopolítica” que ha blandido el Gobierno de Trump ha sido quizá uno de los recursos más dañinos para la Administración de Sheinbaum y Morena, y ha dado a la oposición, que atraviesa sus horas más bajas, balones de aire para reflotar de la irrelevancia en que quedó tras los aplastantes comicios de 2024, cuando Andrés Manuel López Obrador entregó la presidencia a Sheinbaum. “Narcogobierno”, “narcopartido”, “narcopresidencia”, acusan las campañas contra el oficialismo, a tono con el argumentario MAGA, que también comparte la internacional ultraderechista.
La acusación del Departamento de Justicia contra el ya exgobernador de Sinaloa Rubén Rocha, de Morena, por supuestamente colaborar con el crimen organizado supuso un golpe demoledor. Sheinbaum advirtió de inmediato un interés político detrás, más allá del discurso del combate al narcotráfico.
Nunca antes Estados Unidos había señalado a un gobernador en funciones, hecho pública la acusación en su contra y exigido su captura y extradición inmediata. La presidenta mexicana acusó a Washington de intentar influir en las elecciones mexicanas, en alianza con la ultraderecha internacional y los movimientos conservadores internos. Una lectura que no resulta errada, tomando en cuenta los fundamentos de la revigorizada Doctrina Monroe en la era Trump y los planes expansionistas de Estados Unidos en el continente americano.
Sheinbaum, sin embargo, no se ha cruzado de brazos y ha impulsado una sacudida dentro de su Gobierno y Morena contra los perfiles criminales. Por un lado, de la mano de su secretario de Seguridad, Omar García Harfuch —visto con simpatía por Estados Unidos—, ha encabezado una fuerte campaña contra el crimen organizado y sus cómplices en la política, lo que ha llevado a varios funcionarios morenistas de nivel municipal a la cárcel. Por otro lado, en el marco del proceso electoral en curso, la mandataria ha pedido a su partido reforzar los controles anticorrupción, de modo que los aspirantes a cargos de elección son sometidos a revisiones de antecedentes delincuenciales y de sus movimientos financieros.
No obstante, nada, o muy poco, parece suficiente para los apetitos de la Casa Blanca. La oleada de cancelaciones de visados que ha afectado a varios políticos mexicanos, revelada por filtraciones a la prensa estadounidense desde Washington, ha mantenido vigente la sospecha de que el Gobierno de Sheinbaum está infiltrado por el narco.
Entre tanto, un incidente sirvió la semana pasada para volver a probar que el fantasma de México −un fantasma que Trump lleva agitando desde el principio de su carrera política, hace más de una década− sigue funcionando con el electorado MAGA más fiel. Fue durante la convención republicana de Dallas, cuando un hombre trató de entrar en la cancha en la que se estaba celebrando con una bandera tricolor mientras el vicepresidente, J. D. Vance, estaba ofreciendo un discurso, hasta entonces razonablemente moderado.
“Amigo, si tanto quieres a México, vete de una vez a ese país”, dijo Vance al manifestante. Y luego: “La izquierda radical ya tiene un nuevo símbolo: un idiota que ondea una bandera”. El incidente le sirvió para mostrar a los suyos, cuyo apoyo necesita si quiere optar a la presidencia en 2028, que él también puede ser duro y xenófobo cuando hace falta. Y para demostrar que a la ultraderecha de Washington siempre le queda la opción del comodín de México.
