La infinita caridad: quien paga manda

10/20/2026

Por Matías Trejo De Dios

Una comunidad puede tener sus propias organizaciones y, aun así, carecer de la capacidad necesaria para sostenerlas.

La participación cívica no consiste solamente en votar, asistir a una reunión pública u ocupar un cargo. También significa pertenecer a organizaciones, hacer voluntariado, apoyar la cultura y contribuir a que las instituciones puedan mantenerse el tiempo suficiente para tener un verdadero impacto.

Para las comunidades hispanas y latinas en muchas partes de Estados Unidos, esto plantea una pregunta que merece mucha más atención: ¿qué ocurre cuando las instituciones creadas para servir a una comunidad dependen en gran medida del dinero que llega desde fuera de ella?

Fundaciones, corporaciones, programas gubernamentales y donantes privados han financiado proyectos enormemente valiosos y necesarios. El problema no es que exista esa filantropía. El problema aparece cuando ese apoyo deja de ser complementario y se convierte en el modelo permanente de funcionamiento.

Con el tiempo se desarrolla todo un sistema. Algunas instituciones se especializan en conseguir grandes subvenciones. A su alrededor crecen equipos profesionales, redes, estructuras administrativas y relaciones con quienes financian. Empleos, organizaciones y carreras profesionales empiezan a depender de la continuidad de ese circuito y, llegado ese punto, pocos tienen demasiada prisa por cambiarlo.

El sistema acaba volviéndose extraordinariamente bueno en conservarse a sí mismo.

Por eso no basta con contar cuántas organizaciones reciben dinero. Hay que seguir el dinero.

Una lista de subvenciones puede incluir decenas de organizaciones y, al mismo tiempo, ocultar una enorme concentración de recursos. Si unas pocas instituciones ya establecidas reciben repetidamente los mayores contratos, las mayores subvenciones y los proyectos de varios millones de dólares, puede existir diversidad sobre el papel y concentración en la práctica.

En estados como Oregón, ese patrón plantea preguntas importantes. ¿Qué porcentaje de todos esos recursos termina en las cinco o diez organizaciones que más reciben? ¿Cuántas organizaciones pequeñas pasan de una subvención modesta a otra mientras unas pocas continúan acumulando personal, infraestructura, relaciones y credibilidad ante los financiadores?

La ventaja inicial importa. El dinero llama al dinero.

La financiación no solo paga programas. También crea experiencia administrativa, capacidad para redactar propuestas, redes profesionales, visibilidad institucional y mejores condiciones para competir por la siguiente ronda de financiación.

Esa dinámica resulta perfectamente comprensible en la empresa privada. Las empresas compiten, crecen, ganan cuota de mercado y utilizan sus ventajas para seguir creciendo.

Pero las organizaciones sin ánimo de lucro no deberían funcionar simplemente como otro mercado. Su misión es servir a las comunidades y ampliar su capacidad. Si las mismas organizaciones continúan acumulando la mayor parte de la fortaleza institucional, el sector debería preguntarse si realmente está ampliando oportunidades o simplemente reproduciendo su propia jerarquía.

La misma pregunta puede hacerse sobre el liderazgo.

Cuando el dinero, el acceso, las relaciones y las oportunidades se concentran alrededor de un pequeño número de organizaciones, también puede concentrarse la influencia.

¿Quién es invitado a la mesa? ¿Quién acaba siendo reconocido como portavoz? ¿Quién obtiene las credenciales institucionales que le permiten aparecer como representante de toda una comunidad?

La cultura muestra otra cara del mismo problema.

Artistas visuales, músicos, escritores, periodistas, editores, medios de comunicación independientes, editoriales, festivales y organizaciones culturales hispanas y latinas trabajan con frecuencia con menos recursos y con un apoyo económico menos constante que sus homólogos en comunidades donde existe una tradición más fuerte de donaciones, patrocinios, suscripciones, compra de arte e inversión institucional.

Las consecuencias van mucho más allá de lo que pueda cobrar un pintor, un músico o un escritor.

Significan también medios locales más débiles, menos publicaciones, menos espacios culturales, menos oportunidades para nuevos creadores y menos instituciones capaces de preservar y desarrollar una voz cultural propia.

Un periódico en español, un programa de radio, una publicación digital, una editorial, un festival o una organización cultural no pueden sobrevivir únicamente gracias al reconocimiento o a las buenas intenciones. Necesitan lectores, suscriptores, anunciantes, donantes, patrocinadores, miembros, compradores y personas dispuestas a sostenerlos.

Una comunidad puede contar con cientos de miles de personas y, sin embargo, carecer de la infraestructura cultural y mediática necesaria para contar sus propias historias, discutir sus propios asuntos, apoyar a sus creadores y desarrollar una voz pública fuerte.

No estamos, por tanto, únicamente ante un problema de organizaciones sin ánimo de lucro. Estamos ante un problema de ecosistema.

Durante años, buena parte de la conversación se ha centrado en enseñar a las organizaciones hispanas y latinas a conseguir dinero. Una pregunta más difícil es cómo conseguir que las propias comunidades desarrollen una mayor capacidad para generar, movilizar y dirigir recursos.

Y para eso no hace falta ser rico.

No hace falta disponer de grandes fortunas. Veinte dólares cuentan, igual que una membresía, una suscripción a un medio comunitario, la compra de un libro o de la obra de un artista local, una entrada para un concierto o un festival, o unas horas de voluntariado. Y una pequeña aportación mensual, sostenida en el tiempo, cuenta muchísimo.

Dar cambia, además, la relación entre las personas y sus instituciones.

Quien contribuye, aunque sea con una cantidad pequeña, deja con mayor facilidad de ver a una organización únicamente como un proveedor de servicios. Empieza a hacer preguntas. Se interesa por quién dirige. Exige responsabilidad. Comienza a sentir que esa institución también le pertenece en alguna medida.

Eso también es participación cívica.

La respuesta no consiste en rechazar la filantropía procedente del sector social y económico predominante. La responsabilidad de cambiar esta relación existe en ambos lados.

Los financiadores que destinan millones de dólares al desarrollo de liderazgo, la capacitación y el fortalecimiento comunitario deberían preguntarse también si su propia forma de repartir los fondos está reforzando la concentración. Si las mismas instituciones reciben una y otra vez las mayores subvenciones porque ya poseen el personal, los sistemas y las relaciones necesarias para competir, los esfuerzos destinados a desarrollar capacidad pueden terminar concentrándola todavía más.

El verdadero desarrollo comunitario exige mirar más allá de las organizaciones que los financiadores ya conocen. Significa identificar y apoyar grupos más pequeños, emergentes, culturalmente arraigados y cercanos a la comunidad, aunque todavía no dispongan de grandes equipos administrativos o departamentos especializados en subvenciones.

Si el objetivo es crear capacidad, parte del dinero debe llegar precisamente allí donde esa capacidad todavía necesita construirse.

Pero el cambio cultural tampoco puede venir solamente de quienes financian.

Las comunidades hispanas y latinas necesitan desarrollar una cultura más fuerte de donación, membresía, voluntariado, apoyo a las artes y los medios, suscripciones y construcción de instituciones.

No se trata de encerrarnos en nosotros mismos. Se trata de fortalecer la infraestructura cívica y cultural del país en su conjunto.

Estados Unidos difícilmente podrá construir un futuro común sólido si una parte numerosa y creciente de su población dispone de menor acceso a las instituciones, redes financieras, infraestructura cultural y plataformas cívicas que permiten a las comunidades desarrollar una influencia duradera.

Fortalecer la capacidad cívica y cultural hispana y latina no significa fortalecer a un grupo a costa de otro. Significa fortalecer a la sociedad en su conjunto.

El objetivo no es un futuro sin caridad, sino un futuro en el que ninguna comunidad tenga que depender de ella para siempre.

– Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen exclusivamente a su autor y no representan necesariamente la posición editorial de El Latino de Hoy ni la de las instituciones u organizaciones con las que el autor pueda estar relacionado.