La fábrica de líderes

09/03/2026

Por Matías Trejo De Dios

Hay palabras que utilizamos tanto que terminamos olvidando preguntarnos qué significan. Una de ellas es «líder».

Pensemos en el mundo del vino. Durante años una persona aprende a cultivar la uva, conoce la tierra, perfecciona su técnica y produce vino. Algunos terminan haciendo vinos extraordinarios y quienes conocen ese mundo empiezan a reconocerlos como una referencia. Nadie tuvo que nombrarlos líderes. Simplemente llegaron a serlo.

Lo mismo ocurre con un violinista, una matemática, una artista o un periodista. Y también puede ocurrir lejos de cualquier profesión o cargo institucional: una madre que saca adelante a su familia en circunstancias difíciles y que, al mismo tiempo, se involucra en los problemas de su comunidad puede terminar convirtiéndose en una referencia para quienes la rodean.

Al menos así entiendo yo el liderazgo. No como un cargo, un título o una colección de habilidades aprendidas, sino como la capacidad que una persona demuestra con el tiempo para convertirse en referente de los demás en un área específica.

Sin embargo, cuando hablamos de determinadas minorías hemos desarrollado un procedimiento diferente. Identificamos a alguien como posible líder y comenzamos a construir su trayectoria: programas de liderazgo, mentorías, juntas, comisiones y reconocimientos. Una cosa lleva a la otra y, al cabo de algunos años, tenemos un «líder comunitario».

Este modelo tuvo su lógica. Cuando la población hispana apenas tenía profesionales o presencia en determinados espacios de poder, tenía sentido buscar personas con capacidad, capacitarlas y abrir puertas que habían estado cerradas.

Pero aquella era otra sociedad.

Hoy la población hispana de Estados Unidos produce profesionales, empresarios, agricultores, artistas, profesores y servidores públicos con décadas de experiencia y reconocimiento. Es decir, la comunidad ya produce sus propios referentes.

Y aquí aparece una confusión importante: capacitación y liderazgo no son la misma cosa.

Capacitar significa proporcionar conocimientos, herramientas y oportunidades para que una persona pueda desarrollarse. Eso es bueno, es necesario y deberíamos hacerlo mucho más. Pero capacitar a alguien no lo convierte automáticamente en líder.

Podemos formar a cien personas y dar oportunidades a las cien. Algunas quizá lleguen a convertirse en líderes y otras no. Eso vendrá después, con el trabajo, la experiencia, los resultados y, sobre todo, con el reconocimiento de los demás.

El problema comienza cuando confundimos el programa que capacita con el proceso que produce liderazgo.

A pesar de ello, seguimos utilizando en buena medida el modelo anterior. Durante generaciones, gran parte del poder económico, político y filantrópico de Estados Unidos estuvo concentrado en instituciones dirigidas mayoritariamente por la población angloparlante de origen europeo. Y todavía hoy son muchas de esas instituciones las que financian programas y organizaciones que identifican, capacitan y promocionan a quienes después serán presentados como «líderes» de la población hispana y latina.

Después esas mismas personas empiezan a circular. Una junta lleva a otra, una comisión abre la puerta a un consejo y haber sido reconocido ayuda a volver a ser reconocido. Pasan los años, cambian los programas, pero las caras no tanto.

Se crea así un pequeño establishment de personas que aparecen una y otra vez como representantes de una comunidad enormemente diversa. Algunos de estos «líderes» llegan a figurar simultáneamente en una cantidad realmente asombrosa de juntas, consejos, comisiones y organizaciones.

Hay que reconocer que resulta admirable. Participar de verdad en tantos espacios —leer documentos, asistir a reuniones, entender los asuntos, preparar posiciones y contribuir seriamente a las decisiones— exigiría una capacidad de trabajo extraordinaria. O quizá disponer de días bastante más largos que los del resto de nosotros. Y todo ello, naturalmente, mientras se mantiene una vida profesional y personal.

Personas con una capacidad excepcional existen, por supuesto, y seguramente algunas de ellas estén entre estos líderes. Pero cuesta pensar que esa sea siempre la explicación.

Quizá haya otra bastante menos extraordinaria.

Las instituciones necesitan demostrar diversidad y resulta mucho más fácil recurrir a alguien ya reconocido como «líder comunitario». Con el tiempo, el mecanismo se alimenta solo: estar en muchas juntas aumenta el prestigio, y ese prestigio facilita llegar a la siguiente.

La institución demuestra diversidad y el líder acumula reconocimiento. Queda por saber cuánto gana la comunidad.

El idioma ofrece un buen ejemplo. Una persona puede ser perfectamente hispana sin hablar español. Pero si una institución incorpora a una persona de apellido hispano y continúa funcionando exactamente igual que antes —solamente en inglés y sin una presencia real del español—, es razonable preguntarse cuánto ha cambiado realmente.

A veces parece que hemos diversificado más la fotografía que la institución.

Y la fotografía importa. Autoridades y líderes se encuentran, se saludan, sonríen y alguien toma la foto. Después aparece en redes sociales, informes y solicitudes de financiación como prueba de diversidad y conexión con la comunidad.

Pero hay algo más difícil de fotografiar: cuánto poder ha cambiado realmente de manos.

Muchas de estas organizaciones y programas dependen de las mismas instituciones que los financian y reconocen. Eso no invalida su trabajo, pero plantea una pregunta sencilla: ¿hasta qué punto puede ser independiente un liderazgo que depende de quienes le dan recursos y reconocimiento?

Quizá a esto podríamos llamarlo liderazgo de baja intensidad: mucha presencia, mucho reconocimiento, pero un poder real más difícil de encontrar.

Estar cerca del poder no es lo mismo que tenerlo. Ser invitado a una mesa tampoco significa decidir lo que ocurre en ella.

Nada de esto significa que la capacitación haya dejado de ser necesaria. Dentro de la comunidad siguen existiendo personas y grupos que necesitan más oportunidades, acompañamiento y acceso a redes profesionales e institucionales. Pero eso es precisamente capacitación, no liderazgo.

El liderazgo orgánico en la sociedad hispanohablante estadounidense ya está ahí: son profesionales, trabajadores, empresarios, agricultores, artistas, educadores y tantas otras personas que se han ganado el reconocimiento de los demás a través de años de trabajo.

Elegir permanentemente quién debe ejercer el liderazgo sobre una comunidad empieza a parecerse demasiado a una tutela. Y cuando esa tutela se perpetúa, cabe preguntarse en qué momento termina convirtiéndose en una forma de opresión económica, social y cultural.

Quizá la verdadera madurez de una comunidad comienza cuando nadie necesita decirle quiénes son sus líderes.

– Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen exclusivamente a su autor y no representan necesariamente la posición editorial de El Latino de Hoy ni la de las instituciones u organizaciones con las que el autor pueda estar relacionado.